8/8/17

Turismofobia y turismo sostenible

A raíz de las acciones de denuncia de Arran en Catalunya y la manifestación convocada por Ernai en la Aste Nagusia, algunos están sumamente interesados en vender la burra de la “turismofobia nacionalista”, y más de un medio de comunicación ha desplazado equipos estos días a la Parte Vieja  donostiarra para recoger “pruebas gráficas” de tal perversión. Pero la realidad no da para mucho… “Aquí no hay más que cuatro pintadas pequeñitas con rotulador”, comunicaba el otro día por teléfono a la redacción una reportera, mientras su cámara, aburrido, aguardaba indicaciones. Seguramente por eso, o sea, porque no había nada mejor que llevarse al objetivo de la cámara, un modesto mural de Eguzki, que denuncia en clave de humor el problema de los apartamentos turísticos, ha obtenido un sorprendente eco. 
Por ejemplo, en La Vanguardia servía para ilustrar a lo grande una información titulada “Las movilizaciones contra el turismo llegan a San Sebastián”, y el pie de foto decía así: “Una mujer pasa frente a un cartel de la asociación ecologista abertxale (sic) Eguzki…”. Pues bien, esta circunstancia nos “obliga”, casi “por alusiones”, a ordenar unas ideas sobre nuestra posición ante el turismo, tema que nuestra organización ha abordando “desde siempre”, aunque de forma bastante tangencial.
El problema no son los turistas. Es verdad que unos son más conscientes y respetuosos que otros, pero en eso, la verdad, no se diferencian en absoluto de los indígenas. Además, salvo quienes se desplazan por pura supervivencia, que esos sí que no son turistas, todos y todas practicamos el turismo en mayor o menor medida, incluidos los que prefieren verse a sí mismos como viajeros o peregrinos.
El turismo en sí tampoco puede ser un problema, del mismo modo que no pueden serlo la agricultura o la industria; en todo caso, el problema lo será el modelo de turismo, de agricultura o de industria. Por afinar más, el problema será el monocultivo, ya sea de pinos, de fábricas de tornillos o bares-de-pintxos-para-turistas. Más aún cuando este monocultivo se ve favorecido por acción y/u omisión por parte de quienes mandan, más preocupados por atender las exigencias de los lobbies que las necesidades y derechos de la población.
¿Es esto lo que sucede con el turismo en Donostia y, más concretamente, en la Parte Vieja? ¡Sin la menor duda! ¿Cómo, si no, se ha llegado a la situación actual? Pues, por ejemplo, no actuando contra pisos turísticos ilegales. o haciéndolo, y además solo de manera tibia, tras reiteradas denuncias vecinales, o aprobando normativas de terrazas que sacrifican el espacio público en beneficio de la hostelería. Aquí se han quitado bancos  públicos para que una cafetería pudiera poner sus mesas en la acera. “Esa es vuestra opinión…”. Sí, pero una opinión bien fundamentada. ¿Por qué, si no, iba a anunciar el alcalde Eneko Goia que la Parte Vieja será declarada en 2018 zona saturada de apartamentos turísticos? ¿Qué pasa, que hasta ahora no se habían dado cuenta de cuál era la situación? Pues no será porque la Asociación de Vecinos (encomiable e ingrata labor la suya, por cierto) y otros agentes no lo hayan venido advirtiendo. El anuncio de Goia no puede interpretarse sino como una aceptación más explícita que implícita de que, como mínimo, no se han tomado las medidas adecuadas.
Desde las instituciones tratan de "tranquilizar" a la ciudadanía con mensajes del tipo “en Euskadi, el sector turístico aún tiene margen para el crecimiento”, “entre la población en general no existe la percepción de que haya saturación” o “esto no es Barcelona ni Mallorca”. Ya. ¿Y? Eso no es contradictorio y, sobre todo, no alivia la situación en lugares como la Parte Vieja o en sectores que, por ejemplo, ven que su derecho a acceder a una vivienda se recorta aún más porque los alquileres se disparan.
Nos dicen que la clave es el turismo “sostenible”, adjetivo este que, a fuerza de ser utilizado para todo y para cualquier cosa (incluso la incineradora de Zubieta o el TAV son “sostenibles”), ha quedado vacío de contenido. Uno de los que lo utilizan a troche y moche es el diputado de Turismo, Denis Itxaso. Pues bien, demos una pincelada que compete directamente a su gestión. En mayo del año pasado, la Diputación constituyó la Mesa del Turismo, para coordinar “a todos los agentes implicados”. Eguzki remitió entonces al ente foral un escrito en el que manifestaba su “sorpresa” –ya sabéis, una palabra a caballo entre la ironía y el lenguaje políticamente correcto– por el hecho de que la Mesa no incluyera entre sus funciones analizar el impacto de esta actividad en el medio ambiente. De hecho, constatábamos que, entre sus 28 integrantes (miembros de agencias de viajes, asociaciones de hostelería, de hotelería, etc), no había NINGUNO que representase el punto de vista ambiental (ni vecinal), algo que se antoja básico, máxime en un territorio tan pequeño como Gipuzkoa, en el que un aumento de visitantes conlleva inevitablemente un impacto sobre el transporte, la producción de residuos, los espacios naturales y, en definitiva, el medio ambiente y la calidad de vida de los ciudadanos.
 Pues bien, un año después, nuestra solicitud NI SIQUIERA HA RECIBIDO RESPUESTA. A ver, que nosotros ya sabemos que este tipo de organismos “participativos” son lo que son. Ahí está, por ejemplo, la Mesa de la Biodiversidad, que no se ha reunido desde que se constituyó. Pero cuando uno, en este caso Itxaso, crea un organismo para coordinar “a todos los agentes implicados” y, sin  embargo, convoca exclusivamente a los miembros del lobby, ya sabemos qué credibilidad debemos dar a su concepto de “turismo sostenible”.
Así las cosas, no nos extraña nada que algunos prefieran jugar la carta de la “turismofobia nacionalista” o “radical” a afrontar la responsabilidad de tomar medidas eficaces para combatir las consecuencias negativas de una gestión local deficiente de un fenómeno que, como el turismo, es sin duda global. Quienes no estamos por la labor, deberíamos evitar darles facilidades.

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